Nacional

Xoloizcuintli, guardián del último viaje

Por domingo 7 de noviembre de 2010 Sin Comentarios

Por Alberto Ángel El Cuervo*

Mi hijo, tendría alrededor de cinco o seis años y cuatro o cinco mi nena… Acostumbrados a ver en su abuelo a un hombre fuerte, recio a más no poder, al grado de que su manera de dar amor era la brusquedad personificada, no alcanzaban a entender el llanto… Lágrimas francas, rodaban por el rostro del abuelo, mientras el cuerpo rígido de Sheila, permanecía en el suelo… La azotea de casa de mi padre, solamente dejaba permear el sonido del viento y los sollozos incontenibles de mi viejo… El silencio se rompió cuando mi mamá, su compañera de toda la vida, subió a ver qué había pasado… “¡Chata, se murió la perra…!” y como un niño, ante el asombro de mis hijos, mi siempre llorado padre, se acurrucó en los brazos de la abuela-siempre-amorosa…

“¿Por qué lloraba, Chato, papi…?” “Porque quería mucho a su perro, hijita” “Es perra, por eso se llama Sheila” “Bueno, sí, es perra, el caso es que la quería mucho, por eso llora, porque se murió…” “¿por un perro…? Por qué llora si es un perrito nada más…” “Pues la gente le cobra mucho cariño a sus animalitos, hijito… ”Además, los perritos son muy importantes para nosotros los mexicanos” “¿por qué son importantes papi?” “Pues porque son los guardianes que tenemos cuando morimos… Bueno, eso dice la historia de nuestros antepasados, esa era su creencia…” “Entonces ¿Es una leyenda…?” “A ver, siéntense aquí, les voy a contar… “ Y los ojos de mis niños, iban del asombro a la pregunta y de ahí a la incredulidad acompañada de una sonrisa, mientras yo les narraba lo referente al Xoloizcuintli, o perro pelón mexicano como también se les conoce.

Los antiguos mexicanos, practicaban dos distintos ritos funerarios: La cremación y el entierro. Los rituales variaban dependiendo del pueblo y la región, pero gracias al intercambio comercial, la fusión cultural, ideológica, se daba entre los diferentes pobladores del Anahuac en mayor o menor grado, en torno a las creencias y prácticas mortuorias. La clase de muerte que la gente sufría, determinaba en gran parte la forma de entierro que se le daba. Los ahogados, y aquellos que morían azotados por un rayo, eran enterrados. Estos, junto con otros enfermos como los gotosos, eran distinguidos por los dioses, eran privilegiados y por ello, eran objeto de un trato reverencial especial. Todos ellos, habían sido transportados por los tlaloques directamente al paraíso terrenal, al Tlalocan, según nos dice el célebre historiador Fray Bernardino de Sahún. Los recién nacidos, los niños pequeños en general, iban a un lugar conocido como el Chichihuacuauhco, que viene de Chichihua, nodriza y Cuahuitl, árbol. En ese lugar, los bebés, pasaban la eternidad recibiendo la leche dulcísima del árbol amamantador. Las mujeres que morían en el parto, los guerreros que morían en batallas y otros privilegiados, iban también directamente al Tlalocan, al paraíso. Los demás, tenían que pasar por los nueve niveles del Mictlán, la región de los descarnados… Después de cuatro años, en los que los muertos tenían que pasar pruebas muy duras, llegaban al noveno nivel, lugar de su eterno reposo. Cada año, se le ponían al difunto ofrendas con alimento y bebida y se cantaba para alegrar el alma que transitaba. Para auxiliarlo en estas pruebas del viaje al Mictlán, se le proporcionaban, sus propiedades más estimadas, sus arreos de guerra o de labranza, en fin, aquellos objetos con los que s e ganaba la vida, sus joyas, sus ropajes con los que haría el viaje, jade que era símbolo de vida. Y algo que era considerado de lo más importante: Un perro. Los perros del México de entonces, eran los Xoloitzcuintles. Término que viene de Xólotl, mítico personaje que escapó de la muerte gracias a su capacidad de metamorfosis en maguey (mexolotl) y en renacuajo (axolotl), y del vocablo Itzcuintli, que significa perro. El xoloitzcuintli, era considerado un guardián bravo, agil y fuerte, de tal manera que ayudaría al difunto a superar todas las pruebas en su viaje por el Mictlán. Es el xoloitzcuintle, un perro que se conserva en toda su pureza hasta la actualidad. No tiene pelo, por lo que su piel proporciona un calor muy especial que servía a nuestros antepasados para curarse las reumas entre otras propiedades que le conferían. Esta raza, actualmente muy reconocida en todas las asociaciones canófilas internacionales, es originaria de México y se considera dentro de las más antiguas. Los investigadores, hablan de cerca de tres mil años de antigüedad para el perro mexicano o xoloitzcuintli. Este perro, muy estimado por su nobleza y su inteligencia así como su fuerza y bravura, era enterrado o incinerado junto con su dueño y al superar las pruebas del Mictlán, gozaría con su amo de una vida eterna de reposo y placer. Así, es común en los entierros que los arqueólogos han descubierto, encontrar al lado del difunto, el cadáver de su compañero guardián y guía en el viaje al país de los descarnados, el Mictlán… “Y por eso, los perros, han sido muy importantes para los mexicanos, porque son considerados compañeros sagrados y eternos de su dueño…” “Ah… ¿pero por qué llora mi abuelito?” “Cómo que por qué llora, te acabo de contar que los perros xoloitzcuintles eran quienes ayudaban a sus dueños para el viaje al Mictlán, según nuestros antepasados…” “Sí, pero Sheila no era un perrito Xoloitzcuintli, era perrita y era Gran Danés…” Ante este atinado comentario, me quedé congelado, sin saber qué decir… Mis críos, se fueron a buscar junto con su abuelo, el lugar donde enterrarían a Sheila… Yo, no pude evitar el reflexionar acerca del concepto de los antiguos mexicanos para con la muerte… Ellos, vivían, para el bien morir… ¡Qué maravilla, vivir para el bien morir… Definitivamente, pensando en vivir adecuadamente, habrían de tener una muerte en paz… Y como dicen los cantares Mexicanos citados por el Dr. Miguel León Portilla: “No para siempre en la tierra, sólo un tiempo aquí…” Después, habrá de acompañarnos el xoloitzcuintle, guardián de nuestro último viaje.

*Cantante, compositor y escritor.

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