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Teatro Ángela Peralta de Culiacán

Por domingo 24 de octubre de 2010 Sin Comentarios

Por Ulises Cisneros*

Ciento veinticinco años después, los alegres cu­lichis tacuarineros vinieron a enterarse de la existencia del primer teatro que hubo en esta ciudad. La noticia cayó como una piedra en el estan­que de la memoria. Agitó recuerdos y llevó a algunos a atar los sueltos cabos de las páginas que documenta­ron su huella en la prensa de fines del siglo XIX.

Gracias a las pesquisas que durante casi una déca­da efectuó Sergio López Sánchez fue que el extraviado rastro del teatro de marras adquirió un sendero claro. Sí, existió el Teatro “Ángela Peralta” de Culiacán. Las pruebas documentales se habían salvado de la incuria del tiempo. Fue un rompecabezas que al experto in­vestigador teatral le causó más de una migraña armar debidamente.

Unos cuantos años atrás, Sergio se daba de topes para hallar las evidencias de aquel teatro. Se le escapa­ba de entre las manos como un condenado al olvido, como si el mismo foro se avergonzara de haber existi­do. Bastantes razones había para escondérsele entre los papeles del Archivo General de la Nación y las des­perdigadas hemerotecas de Culiacán y Mazatlán.

El teatro no fue otra cosa más que un corral de co­medias, un galpón, un redondel más semejante a un coso taurino que a un foro a la italiana. Lejos estaba de ser un monumento arquitectónico. Tan sólo fue una empa­lizada cubierta de petates y provista de un escenario de man­tas de percal pintarrajeadas con líricos motivos griegos.

Pero tal como lo dice el autor del libro que recopila su historia, dicho teatro fue la semilla de los escenarios en esta capital de Sinaloa. La descripción al respecto es prolija en la publicación hecha por el Instituto Sinaloense de Cultura y el Centro de Investigación Teatral “Rodolfo Usigli” del INBA. Sergio hizo un trabajo de reconstrucción histórica realmente loable.

En “El Teatro Ángela Peralta de Culiacán (De trenes, tedio y espectáculos a fines del siglo XIX)”, el prestigiado investi­gador detalla cómo ese teatrino fue producto del interés de unos cuantos distinguidos ciudadanos porque contara la ciu­dad con un espacio que ofreciera solaz diversión y entreteni­miento a sus habitantes, ateridos en la comarca del tedio.

Fueron los eminentes galenos, Ruperto L. Paliza y Ramón Ponce de León, y los comerciantes Evaristo Paredes y Manuel Rojas, los artífices de aquella descabellada idea de erigir di­cho teatro hacia 1884.

Unos por contar con un escenario que fuera motivo de in­gresos para sostener a los mendigos objeto de la beneficencia pública y los otros por tener la posibilidad de incrementar sus ganancias personales.

El punto en común fue también dispensar la necesaria recreación al pueblo, bastante mortificado con el hastío secu­lar que provocaba carecer de un foro apto para las represen­taciones de las diversas com­pañías de recorrían la costa del Pacífico, desde San Blas en Nayarit hasta San Francisco en California.

Mazatlán fue sin duda la joya de la corona de Sinaloa en la segunda mitad del siglo XIX. El puerto tuvo una época de esplendor durante el porfiriato. Su teatro “Rubio” fue abierto en 1874. En él moriría en 1883 “El ruiseñor mexicano”, víctima de la fiebre amarilla. Poco des­pués se honraría la memoria de la soprano al imponerle su nombre al teatro, como hasta la fecha pervive.

Pero en Culiacán se ade­lantaron. En 1886 se inauguró el pomposo teatro “Ángela Peralta” con la actuación de una compañía de aficionados. Su ubicación estuvo en un solar de la calle Paliza, entre Buelna y Rosales, justo en el estaciona­miento contiguo a la Universidad Casablanca.

La maledicencia popular se ensañó con aquel remedo es­cénico. En honor de sus materiales de construcción, los culi­chis lo denominaron “Ángela Petates”. Más inclementes aún, también se refirieron a él como el “Ángela Perralta”, por ser más digno de perros que de humanos.

A través de las crónicas de la época, se dijo que con él “la ciudad de Culiacán se encuentra, en materia de teatro, a la altura de la coronada villa de Madrid en el Siglo de Oro de las letras castellanas”.

El elogio fue una injuria. La elegante prosa no disimula el sarcasmo inferido: Culiacán tenía en materia de teatro un rezago de tres siglos. Tanto como si en la actualidad nos atre­viéramos a afirmar que podría estar a la altura de Broadway por contar con media docena de salas: 2 en construcción, tres a medio uso y uno consagrado a asambleas y graduaciones.

Proscrito de la memoria y no obstante la humildad de su origen, ese teatro primigenio fue la provocación abierta para que se erigiese el “Apolo” en 1894. Fue el ex gobernador Ma­riano Martínez de Castro quien lavó la honra culichi al secun­dar la iniciativa de contar con un teatro “de a de veras” y “no de a de varas” como el otro.

Nadie sabe para quien trabaja, por haber perdido las elec­ciones, no le tocó a él inaugurar la obra arquitectónica que construyó el ingeniero Luis F. Molina, sino su muy estimado compadre y rival político, don Francisco Cañedo, quien, al igual que cuando ordenó resarcir las serenatas vespertinas de la ban­da de música en la plaza de armas, consideró justo e importan­te continuar las obras de construcción del “Apolo” por dar “algo de alegría a Culiacán, que es más triste de lo necesario”.

De todo ello da fe y constancia Sergio López Sánchez en su ameno libro. Leerlo es imprescindible. Nuestros antepa­sados tenían una visión más moderna de las cosas que en la actualidad.

*Periodista, escritor y conductor de radio UAS.

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