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El día que nació la Universidad

Por domingo 10 de octubre de 2010 Sin Comentarios

Por Arturo García Hernández

Aquella mañana del jueves 22 de septiembre de 1910 fue uno de los días más importantes en la vida política e intelectual de Justo Sierra, secretario de Instrucción Pública y Bellas Artes durante el gobierno de Porfirio Díaz. A los 62 años de edad, con una trayectoria llena de logros y reconocimientos, Sierra veía concretarse uno de sus proyectos más ambiciosos y más largamente acariciados: la inauguración de la Universidad Nacional de México.

A las nueve y media se abrieron las puertas del flamante anfiteatro de la Escuela Nacional Preparatoria –en el antiguo Colegio de San Ildefonso– para dar paso a los primeros invitados en llegar a la pomposa ceremonia. Poco a poco empezaron a ocupar sus lugares hasta llenar por completo el recinto construido ex profeso: altos funcionarios, miembros del cuerpo diplomático acreditados ante el gobierno, integrantes de la élite intelectual porfirista, militares de alto rango, representantes de importantes universidades del extranjero, profesores y estudiantes destacados.

Imperaba el optimismo oficial. Era el año del primer Centenario de la Independencia y el gobierno de Díaz había decidido echar la casa por la ventana para celebrar y “demostrar al mundo que México era una nación civilizada.” (palabras de Javier Garciadiego en su libro Rudos contra Científicos. La Universidad Nacional durante la Revolución). La inauguración de la Universidad era el punto culminante de los fastos, “la más solemne de las fiestas del Centenario”, según escribió Rubén M. Campos (El Bar. La vida literaria en México en 1900).

Todo era elegancia y refinamiento aquella mañana. Los hombres vestían frac y sombrero de copa; otros portaban levitas que recordaban aquellas a las que había sido tan afecto Benito Juárez; muchos lucían tupidos mostachos cuidadosamente acicalados y algunos más llevaban uniforme militar con sus correspondientes medallas colgadas al pecho. Las mujeres llegaban con faldas o vestidos largos, de lino o algodón, camisola con cuello de encaje, guantes, zapatillas o botines, y casi todas con amplios sombreros sobre sus impecables peinados.

El programa describía a la ceremonia como una “fiesta literaria y científica, conforme al programa que determine la Secretaría de Instrucción Pública y Bellas Artes, con la asistencia del Presidente de la República.”
A las diez y media arribó el general Díaz, acompañado por varios miembros de su gabinete, quienes junto con los invitados principales tomaron asiento alrededor de la plataforma del anfiteatro. A sus espaldas se erigía un majestuoso órgano tubular.
Una vez que todos los invitados ocuparon sus lugares, la Orquesta de la Preparatoria interpretó el Himno Nacional. En seguida Justo Sierra tomó la palabra y pronunció el discurso en el que explicaba los motivos para crear una nueva institución universitaria.
Fue una pieza oratoria calificada como magnífica y solemne: “La ciencia avanza, proyectando hacia adelante su luz, que es el método, como una teoría inmaculada de verdades que va en busca de la verdad; debemos y queremos tomar nuestro lugar en esa divina procesión de antorchas.”

De acuerdo con una crónica de la época reproducida en el libro La Universidad Nacional de México 1910, publicado por la UNAM, el discurso fue interrumpido varias veces “por los aplausos de la concurrencia”.
Sierra debió estar muy emocionado y no era para menos. Había sido una espera difícil y prolongada. Casi 30 años atrás, en 1881, presentó por primera vez su proyecto de Universidad, en la Cámara de Diputados.

Era entonces un joven y brillante legislador, pero sin la fuerza política necesaria para hacer prosperar un proyecto que causaba mucho recelo en la clase gobernante. La palabra “universidad” estaba asociada a la institución colonial, opuesta por sus orígenes y su historia a la idea de educación que prevalecía en el grupo liberal en el poder: laica, moderna y científica.
Pero esos contratiempos no importaban aquella mañana de septiembre, en que el poderoso funcionario porfirista se dirigía a tan distinguida audiencia.

A juzgar por las crónicas del acto, nadie parecía prever que antes de dos meses Francisco I. Madero daría inicio el movimiento armado que derrocaría a Díaz y que terminaría con la paz relativa y sin justicia impuesta por el régimen; que diez años y un millón de muertos después, México sería otro país. Así nació la institución de educación superior más importante de Iberoamérica. Su presencia en la docencia, la investigación, los deportes, el arte y la cultura, ha moldeado mucho de lo mejor del México posrevolucionario.

Su existencia a los largo de estos cien años no ha estado exenta de coyunturas y dificultades que, incluso ha puesto en riesgo su continuidad: el movimiento por su autonomía de 1929; el movimiento estudiantil y la matanza de Tlatelolco en 1968; las huelgas de 1986 y 1999. De todo ello da un cuenta un libro publicado por el periódico La Jornada, en el que participa quien esto escribe, como parte de un equipo coordinado por la jefa de información de ese diario, Elena Gallegos.

Es un extenso reportaje que no pretende agotar el tema, pero sí marcar algunos de sus aspectos relevantes. Nobleza obliga.
*Periodista de la sección cultural de La Jornada

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