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Una mañana fría de 1895 El paso del gran poeta por Sinaloa

Por domingo 12 de septiembre de 2010 Sin Comentarios

Por Óscar Lara Salazar*

El ideal que yo perseguía era bien modesto: ser, andando el tiempo, un médico famoso en mi ciudad natal; hacer una brillante carrera científica en la propia escuela en la que me había educado; y llegar a ser director de la facultad, cuando la muerte o la vejes dejara vacantes los puestos que ocupaban mis profesores. Luego, al margen de aquella vida honesta y ho­norable, con hijos y mujer que habría de acompañarme, el culti­vo silencioso de la poesía; pero una mañana fría de diciembre de 1895 , la familia abandonó la bella capital tapatía, y salió rumbo a la provincia (Sinaloa) en que había de pasar quince años de mi vida, los más ardorosos y fecundos, los más trascendentales para el hombre y el poeta”, Narra Enrique González Martínez.

Médico de profesión pero poeta de corazón. Fue uno de los poetas más laureado en su tiempo y en los anales de la poesía en México. No era sinaloense, pero al referirse a Sinaloa, siempre dijo “…Me siento hijo adoptivo y en donde nacieron muchos de los seres más cercanos a mi corazón”.

El médico a su llegada radicó en la Villa de Sinaloa en enero de 1896. Publicó sus poesías en el periódico: El Eco del Fuerte, que dirigía Herlindo Elenes. Muy pronto adquirió fama por sus conocimientos de la medicina en el norte del Estado. El director del periódico Mefistófeles, publicó un cuaderno literario Bohemia Sinaloense, que apareció publicado el 15 de septiembre de 1897, donde aparecen las poesías del recién llegado poeta.

A González Martínez se le designa presidente del Colegio Electoral el día 5 de agosto de 1898, su primer empleo público y estatal y, después, el 1 de enero de 1899 tomó posesión como presidente del Ayuntamiento cargo que desempeñó, en varias ocasiones, hasta el 15 de julio de 1902. En este proceso electoral se le eligió diputado suplente de Guillermo Pons, diputado pro­pietario al Congreso de la Unión.

En ese acto comentaría el poeta “no he tenido nunca senti­do político: en parte, por incapacidad nativa, por educación en un medio hogareño en que jamás entrarán las discusiones de la cosa pública; en parte, porque me tocó ser uno de aquellos cuya adolescencia y juventud pasaron adormecidos por el opio de la dictadura porfirista…” Pero tiempo después el mismo serviría a la dictadura porfirista.

Por ese tiempo, el 26 de noviembre de 1898, en la misma Villa de Sinaloa, contrae matrimonio con María Luisa Rojo y Fonse­ca. “No se qué afinidades extrañas, qué atracciones misteriosas tuercen el destino de los seres que han de vivir un día de pleni­tud de amor; pero lo cierto es que hay una fuerza oculta que por caminos ignorados los empuja hasta el encuentro definitivo. Yo no conocía el nombre siquiera de aquella ciudad; y, sin embargo, me di cuenta de que mi felicidad y mi vida entera estaban allí… en adelante, una vida llena de goces supremos, de triunfos ínti­mos, de dolores comunes, de anhelos compartidos, de amor y de muerte, comenzaba a desenvolverse para ella y para mí…”

Su primer hijo Enrique nació el 25 de agosto de 1899.

Posteriormente se trasladó a Mazatlán para coadyuvar en forma voluntaria a la aplicación de la vacuna Haffkine, el suero Yarsín y la preparación de Besredica, que se experimentaron con éxito en la lucha contra la peste bubónica que azotó al puerto de octubre de 1902 a mayo de 1903. Y es durante su estancia en Mazatlán cuando nace su segundo hijo, Héctor. También durante su permanencia en el puerto cultivó amistad con Daniel Pérez Arce, Carlos F. Galán y el doctor Martiniano Carvajal, quien fueron los fundadores del periódico El Correo de la Tarde.

También destaca de su residencia en Mazatlán, la edición de su primer libro “Preludios” editado por la imprenta Retes de don Miguel Retes “…yo no pensaba publicar libros, me consideraba li­gado por un juramento inolvidable de la medicina; ella era para mí la mujer legítima con quien se vive y a quien se presenta orgu­llosamente en sociedad; la poesía era mi querida, no confesada, sino de la cual se habla entre amigos íntimos y de cuyos favores hay que ufanarse en medio de negativas que acaban por ser afir­maciones”.

Una vez pasado el azote de la epidemia de la peste bubóni­ca en Mazatlán, González Martínez se traslada a Mocorito con el cargo de vicepresidente del Ayuntamiento de aquel munici­pio, tomando posesión del cargo el primero de enero de 1904. En esta villa conoció y colaboró con el profesor José Sabás de la Mora, en un semanario que fundaron llamado La Voz del Norte.

Para el mes de abril de 1907 el doctor González Martínez asu­mió el cargo de prefecto político de Mocorito, y fue durante ese año que publicó su segundo libro: “Lirismos”.

En el mismo Municipio de Mocorito, bajo su propia dirección y redacción del poeta Sixto Osuna organizaron la creación y la publicación de la revista literaria Artes, editada por la imprenta del profesor Sabás De la Mora, aparecida en julio de 1907. En esta revista confluyeron los escritores y poetas de la época, que mu­chos de ellos trascenderían su nombre en el ámbito nacional.

El siguiente libro; esto es, el tercero publicado por el poeta tapatío bajo el título “Silénter”, se imprimió también en Mocori­to en la misma editorial de su ya muy amigo señor De la Mora, en el año de 1909, y se lo dedicó a la ciudad de Guadalajara su tierra natal, prologado por su homólogo Sixto Osuna.

Para finalizar la primer década del siglo antepasado, es decir, 1909, González Martínez se estableció en la ciudad de El Fuerte con el carácter de prefecto político del distrito… Al tomar po­sesión como gobernador don Diego Redo lo designó secretario general de gobierno. Pero al estallar la Revolución prefirió aban­donar el estado en los primeros días de 1911.

Se arrepintió de servir a la dictadura

Cuando escribió “El Hombre del Buho”, que era un libro auto­biográfico, ahí dejó testimonio de su arrepentimiento de haber servido a la dictadura, tanto en Sinaloa como secretario de go­bierno con Redo, como en el servicio diplomático con “El Chacal Huerta”, uno de sus nietos contaría después, que en una ocasión presenció un diálogo de su abuelo con José Vasconcelos:

—Mira Pepe, tu empezaste como revolucionario y terminaste como reaccionario; en cambio yo empecé sirviendo a la reacción y terminó siendo revolucionario.

Algo parecido sucedió con él, según me platicó un día Don Héctor R. Olea, me dijo que tuvo el honor de conocer al poeta González Martínez y tratarlo en el despacho del licenciado Ra­fael Rojo de la Vega, primo hermano de la esposa del poeta, y en una ocasión, estando degustando en “El Centro Vasco”, al calor de las copas le preguntó:

—Bueno, doctor, ¿qué usted sirvió a la dictadura?

El poeta con una carcajada le contestó

—Brindemos por la ¡oh….diosa dictadura.

Murió en la ciudad de México el día primero de marzo de 1952, a los 81 años de edad, y al morir González Martínez, el li­cenciado Alejandro Quijano, dijo: “Sinaloa tiene, asimismo, el orgullo de haber acunado los primeros libros de poemas de uno de nuestros poetas mayores en todos los tiempos”.

*Diputado Federal, Presidente de la Comisión para la Conmemoración de los Festejos del Bicentenario y Centenario de la Cámara de Diputados y Cronista de Badiraguato.

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