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Renato Leduc y su relación con Sinaloa

Por domingo 5 de septiembre de 2010 Sin Comentarios

Por Faustino López Osuna*

Nacido en la Ciudad de México, de padre francés y ma­dre mexicana, el 16 de noviembre de 1897, Renato Leduc contaba con 13 años de edad cuando estalló la Revolución Mexicana, lo que le permitió vivir en su infan­cia y juventud algunas vicisitudes del movimiento armado. Su talento y perspicacia lo llevaron a laborar como telegrafista de la afamada División del Norte, comandada por el general insurgente Francisco Villa.

Comisionado por la Secretaría de Hacienda y Crédito Pú­blico, vivió en París alrededor de diez años, incluyendo los de la Segunda Guerra Mundial. Ahí se relacionó con el célebre grupo de Artistas de Montparnasse: Antoine Artaud, Andre Breton, Kiki de Montparnasse y Paul Eluard. Igualmente, con personajes de la talla de Alfonso Reyes, Federico Cantú, Luis Cardoza y Aragón, Carlos Bracho y la pintora surrealista de origen inglés Leonora Carrington, con la que estuvo casado, aunque dicha unión tuvo como fin, sobre todo, ayudarla a huir de la persecución nazi, a la que fue sometida por haber sido la pareja sentimental de Max Ernst, pintor alemán, naturalizado francés, que participó en los movimientos dadaísta y surrea­lista.

Escritor, periodista y poeta, Renato Leduc publicó diversas columnas en los diarios Excélsior, Últimas Noticias, Ovaciones, ESTO y la revista de José Pagés Llergo, Siempre! Fue en esta publicación que Rodolfo Rojas Zea, Enrique Bucio Márquez y yo, lo conocimos como editores estudiantiles del periódico de la Escuela Superior de Economía, “El Colmillo atinado”, apa­drinado por Rius. Lo íbamos a ver casi quincenalmente, para solicitarle algún artículo. En ocasiones nos daba el que le ha­bían censurado en la misma revista y, publicarlo nosotros, nos prestigiaba en el Instituto Politécnico Nacional. Sus escritos eran definitivamente críticos. El primer libro de poemas suyo que tuve en mis manos fue Catorce poemas burocráticos y un corrido reaccionario, de 1962.

Para entonces, por su apasionada trayectoria, Leduc era ya una leyenda viva. Se sabía de su cercana amistad con Elena Poniatowska, el Premio Nóbel Octavio Paz, la diva del cine na­cional María Félix, a la que trascendió le propuso matrimonio, Silverio Pérez y con el propio músico poeta Agustín Lara.

Renato, el Jefe Pluma Blanca como le decían los más cer­canos por su porte de indio siux, vivía solo, en la planta alta de un caserón sobre Antonio Caso, en la colonia San Rafael. Sus amigos contaban la anécdota de que en una ocasión lo presionaron para que los invitara a cenar a su casa y cuando llegaron encontraron que, en la inmensa mesa como de car­pintero donde trabajaba, apiló en un extremo sus papeles y, en la parte despejada, distribuyó botellas de vino tinto con su sacacorchos, vasos, tenedores, pan en bolsas y latas de sardi­nas sin abrir, con sus respectivos abrelatas, en número igual a los asistentes.

Entre las obras de Renato Leduc, se encuentran: El aula, 1929; Unos cuantos sonetos,1932; Algunos poemas delibe­radamente románticos, 1933; Breve glosa del Libro de Buen Amor, 1939; Versos y poemas, 1940; Fabulillas de animales, niños y espantos, 1957, y Prometeo, La Odisea, Euclidiana, 1968.

Hacia 1966, la Sociedad de Alumnos de mi escuela organizó en el Auditorio una serie de charlas con destacados intelectua­les mexicanos, entre quienes figuraron Jesús Silva Herzog pa­dre, Vicente Lombardo Toledano, Carlos A. Madrazo y Renato Leduc.

Ahí, al hablarnos de algunas de sus vivencias como tele­grafista, Leduc recordó con admiración la actitud liberal de la mujer sinaloense, cuando, en los violentos días del conflicto cristero, permaneció comisionado en la plaza de Mazatlán. Platicó que cierta tarde, estando en la plazuela República, llegó un grupo de hermosas mazatlecas hasta el capitán de guardia, para pedirle prestada la Catedral para hacer un baile, porque no se sabía para cuándo se iban a volver a abrir las igle­sias y ellas querían aprovechar lo pulido del piso, comprome­tiéndose a cuidar y, después del sarao, dejar bien acomodadas las bancas. Obviamente, el capitán, pidiéndoles que no lo com­prometieran de ese modo, les negó el templo, aduciendo que utilizarlo así, era una falta de respeto.

Independientemente al hecho de no haberse facilitado la Catedral para ese fin, Leduc, de acuerdo a su criterio, consi­deró una gratificante experiencia que hubiera aquí mujeres mexicanas con una actitud ante la vida con menos prejuicios religiosos que en otras regiones del país, sobre todo, dijo, en el Bajío.

Renato Leduc, moreno, corpulento, de pelo blan­co, franco y sencillo, tenía una risa contagiosa. Habla­ba con la misma picardía con que escribía. Sin propo­nérselo, disfrutó del éxito que obtuvo su soneto sui géneris Tiempo, musicalizado por Rubén Fuentes, con un arreglo espléndido de Eduardo Magallanes y grabado a due­to con las voces únicas de Marco Antonio Muñiz y José José:

Sabia virtud de conocer el tiempo,
a tiempo amar y desatarse a tiempo,
como dice el refrán: dar tiempo al tiempo,
que de amor y dolor alivia el tiempo.

El escritor José Alvarado dedicó unas líneas a este poeta popular, en la solapa de un volumen con su biografía, escrita por José Ramón Garmabella, titulada Renato por Leduc y pu­blicada por la editorial Océano, en 1983. Durante el gobierno de José López Portillo, Renato Leduc recibió, en 1978, el Pre­mio Nacional de Periodismo de México, de forma especial, en reconocimiento a su trayectoria. En 1983, siendo presidente Miguel de la Madrid Hurtado, recibió el mismo galardón, por sus comentarios publicados en el periódico Excélsior.

Tres años después, el primero de octubre de 1986, Renato Leduc fallece en la Ciudad de México, a los 89 años de edad. Gracias a él Leonora Carrington se quedó a vivir para siempre entre nosotros, engrandeciendo nuestro arte.

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