Nacional

Entre Bambalinas

Por domingo 5 de septiembre de 2010 Sin Comentarios

Por Alberto Ángel El Cuervo*

Cuba 49… Correcto, aquí me dijeron que está la entrada a camerinos… Las doce y media, más puntual no po­día haber sido…” Es la entrada al Teatro de la ciudad, pero por la parte posterior, la llamada entrada de artistas.

—Aquí me bajo, muchas gracias y bueno, ya aprendió usted a llegar a esta parte del Centro Histórico… ¿cuánto le debo?
—Ochenta y cinco pesos… Lo que marca el taxímetro, mi señor… Y en verdad es un honor conocerlo. Disculpe, pero tengo poco en el taxi y pues la verdad no conozco bien… ¡Suerte en la función…!

Los vigilantes del teatro, a punto de impedirme el acceso, me reconocieron dada la obviedad que la fotografía del cartel anunciando la función… El espectáculo fue rimbombantemen­te titulado: Embajadores de la Nostalgia. Lo ofrecía el gobierno de la ciudad, como un festejo a los ahora llamados adultos de la tercera edad. Después de saludar a Nacho y Jorge, los dos maestros pianistas que me acompañarían y con quienes que­dé de verme para la prueba de sonido que sería exacta en ho­rario, me enteré que la exactitud era considerada en “horario mexicano”, por lo que nos sobraban mínimo tres horas… Por votación unánime, decidimos hacerle honores una vez más, a la “Ópera”… Por supuesto no me refiero a cantar un aria, sino a la afamada cantina de nuestra ciudad, una de las más antiguas que aún conserva el mobiliario y gran parte de su atmósfera de anta­ño… De nuevo, salimos por la calle de República de Cuba… Casi de frente a nosotros, se veía la fachada de lo que otrora fuera un magnífico teatro que sirviera de escenario a gran­des figuras de la escena: “El teatro Lírico”. Ópera, zarzuela, género grande, género chico español y mexicano, se anun­ciaban con orgullo en sus carteleras. Y así, mien­tras uno podía comprarse un traje de casimir por 17 pesos 50 centavos, un “sobretodo” (abrigo) de buenas telas por 16, y un sombrero de seda de “SANJENIS”, des­de 15 pesos, el peinado con brillantin tenorio, no podía faltar para asistir al ritual de contemplación y fantasías que desperta­ba una figura de gran impacto en la vida del teatro mexicano: María Conesa, la gatita blanca… Junto al Lírico, en el número 44, se puede ver un edificio ahora desvencijado pero que en los años cuarentas hacía gala de modernidad… Ese edificio, con su cantina abajo, me llevó entre la magia del recuerdo de las historias que mi padre contaba de su época de estudiante de medicina. Vivía mi padre, en la parte más alta del edificio, donde los cuartitos de azotea se rentaban generalmente a es­tudiantes, desempleados y putas con historias tan tristes, que al final terminaba siendo parte de la misma, decía mi viejo… Mi padre se hizo amigo del policía que cuidaba la entrada del tea­tro Lírico… Y a cambio de compartir con él un mezcal de la peor calidad que podía pagar el estudiante, le permitía observar la función escondido entre bambalinas…

Ya poco queda de aquel orgulloso teatro… Solamente la fachada, el recibidor o “foallé” (foyer) como en aquella época se nombraba y una escalera que ya no conduce a ningún lado, permanecen en pie… Una escalera que otrora, fuera testigo de las fantasías que se tejían en la mente de los señoritos y caudillos revolucionarios gracias a María Conesa, que en una verdadera batalla amorosa, llenaban los camerinos de flores y obsequios para la gatita blanca. No había caudillo que no cum­pliera al arribar a la ciudad de México, con la obligada visita a la Virgen de Guadalupe y por la noche a María Conesa en el Teatro Lírico, también llamado Folies Bergere, Teatro de la Comedia y María Teresa Montoya, para volver a su nombre original en 1934, es decir, 27 años después de su inauguración en el año de 1927 cuando el entonces “encargado” de la SEP y Bellas Artes, el célebre Justo Sierra, lo declara formalmente inaugurado con la puesta en escena de Las vírgenes locas de Marcel Prevost… Grandes figuras brillaron en ese escenario… Grandes triunfos y grandes fracasos, desde las apoteósicas noches de María Co­nesa, Meche Barba y Joaquín Pardavé, hasta el abucheo que recibiera Jorge Negrete por parte del público durante la pre­sentación de la revista Estampas Musicales.

Así, envuelto en recuerdos ajenos que tan vívidos y pro­pios suelen ser a medida que el tiempo nos brinda su título de propiedad, culminó la magia de esa caminata en el bellísimo centro de nuestra ciudad, pasando por la camisería, donde compramos corbatas para esmoking, Las petaquerías, can­tinas, fondas y accesorias de esos edificios que en com­plicidad con el adoquín sabelotodo de la Ciudad de los palacios, guardan historia tras historia… Fi­nalmente, el comentario de la entrada de Villa a caballo en la cantina La ópera, donde disparara balazos al aire de los que queda como recuer­do un agujero donde se dice que permanece aún la bala… Que si ahí culminaban las funcio­nes de los cantantes como Giusseppe Di Stefano al final de la función en Bellas Artes, que sí el salterista está ahí desde que abrieron, que si las criadillas en verde son las mejores del mundo y brindan una fuerza reflejada en la voz y por eso los tenores gustaban tanto de ir… Y cla­ro, yo, tenor, a unas horas de la función en el Teatro de la ciudad, donde interpretaría justamente la canción de Jorge Avendaño titulada “La Vida de un Tenor” cuya exigencia vocal es a nivel operístico, quise creer la cábala y di fin a un suculento plato de criadillas en verde

Regresamos al teatro en otra deliciosa caminata… Nue­vamente la fachada del teatro Lírico, donde tuve el honor también, al igual que aquellas grandes figuras, de cosechar aplausos generosos… Nuevamente la fachada del edificio con el número 44 donde un cuarto de azotea, fuera testigo de la vida bohemia de aquel estudiante de medicina de nombre: Alonso Bustillos Rosado… Mi padre, mi viejo adorado que con todo su necio amor sigue prendido a mi alma y a mi canto…

El sonido estaba listo para la prueba… Tercera llamada, co­menzamos… Y el piano del maestro Ignacio Gutierrez, en un diálogo exacto con mi voz, logró tocar el corazón de los asis­tentes… y llegado el momento, pido el aplauso para invitar a otro gran pianista… Y “Señoras y señores, quiero pedirles me permitan dedicar el siguiente número a mi señora madre que se encuentra aquí en la sala… “La vida de un tenor”, se llama la canción que escribió el maestro Jorge Avendaño y es a ella, a mi madre a quien tengo que agradecerle mi voz… y desde luego también a mi padre que seguramente está aquí tam­bién, escuchándome entre bambalinas…”

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