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La boda más famosa del siglo XX en Angostura

Por domingo 8 de agosto de 2010 Sin Comentarios

Por Eligio López Portillo*

En 1930, en El Playón, Angostura, se llevó a cabo la boda más bonita de toda la re­gión, según cuentan personas grandes de edad que ahora viven en el campo pesquero La Reforma, pero que son originarios de aquel lugar.

Se casaron Sidronio Castro, de 17 años y la señorita Amalia Urías, de tan sólo 15. El novio, originario del mismo sitio, Amalia, del rancho La Primavera, comunidad aledaña a El Pla­yón.

El padre de Sidronio, don Indalecio Castro, era considerado uno de los hombres más ricos del pueblo, y se caracterizó por ser exagerada­mente cuidadoso de su dinero, a tal grado lo atesoró, que no tuvo oportunidad de disfrutar­lo, porque de hacerlo, afirmaba, dejaría de sen­tirse rico.

Quienes lo recuerdan, dicen que hasta el sombrero le remendaba su esposa, pues com­prar uno nuevo era deshacerse de unos pesos de su capital.

De Amalia, la novia, se cuenta que en su época fue una de las mujeres más bellas de la región. Que ésa, su gran belleza, había desper­tado en el hijo del pudiente del pueblo una gran pasión por ella, tanto, que le llevó ciegamente a pedir su mano, para casarse en cuanto los pa­dres de ella la concedieran.

La relación entre estos enamorados, tuvo por supuesto el pleno consentimiento de la ma­dre del novio, pues era el primer hijo varón y, al no contar ya con la presencia del padre, quien había fallecido un poco antes del compromiso del primogéni­to, el matrimonio de éste vendría a consolidar de nueva cuen­ta a la familia Castro Escárrega.

Doña María, la madre del novio, ella sí que sabía qué se debía hacer con el dinero. Con la herencia que le dejó su di­funto marido, empezaría una nueva vida en esa familia. Por ejemplo, pensando en la boda que vendría de su hijo, lo pri­mero que se le ocurrió como preparativo fue mandar hacer una gran casa estilo colonial con varias habitaciones, la mejor diseñada, con una banqueta tan alta para que sobresaliera del resto de las demás, un gran “zaguán” –como así se le llamaba a la puerta principal de este tipo de construcciones– donde quedaba instalado el mejor lugar de la casa para recibir a las visitas, o donde la familia compartía los mejores momentos del día, después de terminar con las tareas domésticas, en el caso de las mujeres, o después de sacar la jornada del campo o de la hacienda, en el caso de los hombres.

En las paredes que daban cobijo a tan grato espacio, doña María mandó pintar un mural, por un artista traído desde Guadalajara en aquel año 1929. El mural contenía las figuras de unos pavos, un tren (como el recién llegado esta región en 1907), una faena de tauromaquia y una maja desnuda que emulaba a la del genial pintor español Francisco de Goya, ro­deada de camelias.

Como la gente de El Playón jamás había visto pintar un mural, su presencia en el transcurso de la obra fue un ir y venir durante todo el día a la casona de doña María, para no perder­se ningún detalle de los trazos que las ágiles manos de ese ex­traño personaje plasmaban sobre la pared. Lo miraban como un mago con poderes asombrosos, pues no se explicaban de dónde sacaba el paisaje que estaba pintando, ya que no veía nada para apoyarse, con todo esto, los que ahora me leen se darán cuenta de la creatividad que poseía el artista.

Mientras el pintor seguía con su obra, doña María se pre­paraba para dar otra sorpresa a su gente. En las charlas de sobremesa los adultos se preguntaban: –¿Qué otra sorpresa nos tendrá María para la boda de Sidronio?

La sorpresa pronto llegó, la señora comentó en casa de una comadre que para la fiesta traería una gran orquesta. Sí, una gran orquesta de la región “La Orquesta Ibarra de Gua­save”, dirigida por Lamberto Ibarra, considerada en aquella época de las mejores “músicas” del estado.

Por primera vez no tocarían “Los músicos de La Huerta”, ni los de la banda de San Benito del maestro Margarito Agui­lar, como era la costumbre en todas las fiestas de El Playón, las cuales eran muy frecuentes y se prolongaban hasta por 3 días con sus respectivas noches. Aquella legendaria banda de San Benito, en la que se estrenó como músico José Rubio Quiñónez en el año 1924, quien con el paso de los años se convertiría en el padre de todos los músicos de las bandas de Mocorito.

La gente de El Playón no hablaba otra cosa que no fuera la boda, la famosa orquesta desconocida para ellos, la nueva casona y su mural, todo aquello era como un sueño.

Tres días antes de la fecha de la boda en ese año 1930, doña María volvió con otra novedad, empezó a visitar, casa por casa, a familiares y amigos, para informarles que por pri­mera vez en El Playón no se iba a salir a “topar” a los novios, rompiendo con una vieja tradición de esos pobladores, acos­tumbrados a salir todos con sus familias, dejando las casas solas para acudir al encuentro de los novios, quienes venían de otro pueblo donde se llevaba a cabo el enlace civil y reli­gioso.

El topar a los novios era un gesto que acostumbraban to­dos los habitantes del lugar como muestra de reconocimien­to hacia los novios por haber cumplido con todas las de la ley, ante Dios y, sobre todo sirviendo de ejemplo para el resto de los jóvenes de la comunidad. Durante ese acto tradicional se podía observar el valor que tenía para los vecinos ser testigos de tal acontecimiento, era de tal magnitud que las personas presentes expresaban sentimientos distintos, unos lloraban, sobre todos los ancianos, los niños y los jóvenes saltaban y gritaban de alegría, otros sólo aplaudían. Se decía que cuan­do una pareja del rancho se casaba, todo el mundo estaba de fiesta.

Cuando la nueva disposición de doña María llegó a todos los hogares, no dejó de causar un mal sabor de boca para las familias, recuerdan algunos presentes que sintieron como que algo les estaban quitando; sin embargo, se sintieron me­ jor cuando María les dijo la disculparan, pero es que les tenía una sorpresa más.

Llegado el día y la hora del tan esperado acontecimiento, los músicos llegaron prime­ro, empezaron a instalarse justamente en el zaguán de la casa, la gente como no salió a re­cibir a los novios, todos se fueron a ver a los músicos sin dejar de observar cada movimien­to que éstos hacían en el acto de armar sus instrumentos e instalarse en el espacio preciso por donde entrarían los novios.

Nada fue tan impresionante como cuando uno de los músicos empezó a armar su instru­mento tan grande en forma de “pito”, con una gran boca como si fuera una bocina de las que se usaban en aquellos tiempos para anunciar, no suficiente con eso, el músico una vez que lo armó se lo enredó tan bien que parecía que había nacido entrelazado a él, pero el instru­mento aun enredado le salía por arriba de la cabeza. Ese raro y tremendo instrumento fue lo que aquel día conocieron en El Playón como “la tuba” o el bajo de las bandas. Las de Moco­rito y Badiraguato no lo tenían aún, en vez de él, tocaban con un instrumento casi dos veces más chico, el músico se lo colocaba en su pe­cho, como si trajera un niño en los brazos (bajo de pecho).

Los ritmos que tocó ese día “La Ibarra” no fueron del agrado de los invitados del lugar, no encontraban cómo bailarlos; sin embargo, la gente que vino desde Culiacán, Mocorito y Guasave se vieron muy motivados por esa mú­sica, no dejaban de bailar, de ellos se recuerda que las mujeres lucían hermosos vestidos de “charmé”, tela de moda que usaban las jóve­nes de la ciudad.

De pronto, la gente dejó de bailar. Al grito: ¡ya vienen los novios!, ¡ya vienen los novios! voltearon hacia el camino real, por donde entrarían los novios, sin dar crédito a lo que estaban mirando: Entre lo poco que dejaba entrever la polvareda que hacía algo que venía rodando por aquel viejo camino.

En cuanto se acercó a las primeras casas del pueblo, aque­lla masa nebulosa se fue aclarando hasta dejar ver las dos figuras de los novios, pero sentados sobre un precioso auto­móvil de color crema, que el mismo novio conducía para ma­yor sorpresa de los espectadores, quienes no daban crédito a lo que sus ojos estaban viendo. Aunque era de esperarse, ya doña María había dado muestras más que suficientes de estar impresionando a la gente con cada detalle, para man­tenerlos interesados en el desarrollo del acontecimiento tan esperado.

Aquel automóvil, al ser observado cuidadosamente por la multitud, pronto lo bautizaron –como así se acostumbra en los ranchos– con el nombre de “La bonchita”, porque era un carro demasiado corto en su parte trasera, lo que lo hacía muy parecido a los animales de cola corta.

En aquéllos tiempos los automóviles que existían en toda la región del Évora se podían contar con los dedos de las ma­nos y sobraban dedos. Había dos en Mocorito, uno en Gua­múchil, otro en Angostura y creo que uno más en el rancho ganadero El Limón. El que ahora llegaba a El Playón, como regalo de bodas, era algo sumamente asombroso para con­tarlo.

Esa boda sería recordada en el municipio de Angostura por muchos años, tal como se lo había propuesto la señora María Escárrega, esposa de don Indalecio Castro, aquel año 1930.

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