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Entre Beckett y Schopenhauer: oscura luminosidad

Por domingo 8 de agosto de 2010 Sin Comentarios

Por Iván Escoto Mora*

Muro de hierro, puerta infernal que atraviesa la oscuridad del escenario; se abre y descubre los restos de un mundo agonizante. Hamm, anciano, derruido por los siglos que han dejado de caer, ciego cadáver, manos hechas ramas, secos huesos pegados a piel. Clov, esclavo, acompaña al viejo, le sirve y se sirve de él.

En un mundo naufragante, uno se justifica en otro, se atormentan mutuamente, quizá para no dejar de existir, para no dejar de sentir. En el sufrimiento existen, en el sentimiento encuentran su último rasgo humano.

Del 13 al 28 de julio de este año fue repuesta, en foro Benito Juárez de la Ciudad de México, la obra Endgame (Fin de partie) de Samuel Beckett. Con la acertada dirección de Abraham Oceransky y la extraordinaria actuación de Claudio Obregón en el papel de Hamm. Este montaje suma un éxito más a la Compañía Nacional de Teatro y su director artístico Luis de Tavira.

A través del drama en humor negro, Beckett exhibe en Fin de partie el absurdo del hombre en una realidad límite que ha perdido todo sentido: el ser, el tiempo, la existencia; nada significan.

Clov sostiene la absurdidad de lo existente: fuera del mundo no hay nada sino muerte; dentro del mundo, no hay nada sino muerte. Hamm esgrime un argumento que subraya la dependencia infausta de la relación, ambos personajes están ligados por la soledad. El anciano advierte a Clov del infierno de su ausencia: ¿qué sería del esclavo sin su esclavista?, sombra, vacío infranqueable, existir sin existencia.

Hamm es el último tirano, administra los mendrugos de la vida y decide el curso de los días, nadie sabe cuánto más se extenderán. Todos desean la muerte, pero la muerte no termina de llegar, se acerca por entregas breves, mezquinas; mientras tanto, la vida sigue a paso asfixiante.

Devorador, el anciano aplasta lo poco que le rodea: sus padres, su esclavo, sus restos de humanidad; todo se extingue. Rodeado por un mundo inexistente, se vuelve condenado de su propia sentencia, purga en la soledad inamovible, en el silencio inquebrantable, en la oscuridad.

Hablar del teatro de lo absurdo es referir las imprescindibles figuras de Beckett y Ionesco, pero también es voltear a la tragedia de lo humano, del ser que busca lo que no puede alcanzar, porque todo sentido le sobrepasa.

El hombre ha insistido que su naturaleza es racional pero: ¿qué es lo racional en el hombre? La Historia de la humanidad esta dibujada con sangre: sacrificios, quema de brujas, lapidaciones y guillotinas; lluvias de ojivas desgranadas sobre pueblos, barren vidas con la suavidad de un plumazo.

La racionalidad humana ha servido para construir cielos en que se borran los pecados al amparo del arrepentimiento y el olvido; también ha servido para levantar ídolos y en su nombre, sacralizar machetazos asestados bajo salmos de fe.

Lo único racional en la aciaga escena de lo absurdo parece: la negación de toda forma de razón y expectativa de felicidad absoluta. Schopenhauer en sus comentarios a El mundo como voluntad y representación señala:

“Aquel permanente engaño y desengaño, como también la constante condición de la vida, se presentan como algo previsto y calculado para despertar la convicción de que nada merece nuestro afán, actividad y esfuerzo, de que todos los bienes son nada, de que el mundo es en todos sus resultados una bancarrota y la vida, un negocio que no cubre los costes”1.

En Beckett, como en Schopenhauer, lo irracional se impone, el sentido se extingue, el sufrimiento se desdobla en cada paso, sin embargo, esto no es una invitación a dejar de vivir, por el contrario, es un llamado a existir en cada instante, aprehender cada momento.

En Endgame, Clov finalmente se arma de valor y sale del fuero de Hamm, quizá para encontrar la muerte, pero también, para buscar la vida. Aún en el sufrimiento se encuentra la gran experiencia de existir, afirma Schopenhauer: “Las horas pasan más de prisa cuanto más agradables son, y más despacio cuanto más penosamente han transcurrido: porque lo positivo no es el placer sino el dolor y es la presencia de éste la que se siente”2.

Si en el mundo no hay sentido, la búsqueda y la posibilidad hacen que la vida adquiera uno, como acto existencial, vivencial, como experiencia que merece cursarse.

1 SCHOPENHAUER. Arthur. El mundo como voluntad y representación II. Ed. Trotta. Pág. 628.
2 Ibídem. Pág. 630.

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