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Lupita, la novia de Culiacán

Por domingo 1 de agosto de 2010 Sin Comentarios

Por Nicolás Avilés González*

Mi primer encuentro con “Lupita, La novia de Culiacán” fue alguna de las pocas veces que mi padre me llevó a esa ciudad, estaba con el antebrazo fracturado y era visita obligada con un médico de esa localidad. Y aunque Costa Rica esta cerca, entonces había problemas con la posibilidad de que coincidieran los tiempos y había muy poco dinero, situacio­nes que hacían parecer a la capital de Sinaloa en el otro lado del mundo. Esta vez no había de otra y se hizo el esfuerzo.

El taxi en el que nos desplazábamos circulaba por la única ave­nida que cruza de norte a sur la ciudad, recuerdo pocos autos y que se encontraba despejada. El semáforo marcó luz roja justo frente a la catedral erigida en honor de San Miguel Arcángel, de pronto atraviesa frente a mis ojos una imagen fantasmagórica, era una mujer vestida de novia con ojos miel, sobre su cabeza un velo de tul blanco que dejaba ver su cara huesuda, las cejas y la boca intensamente maquillada.

Aquello fue terrible para mí como niño, de momento creí que era un fantasma, un ánima en pena. Me dio miedo, seguramente el taxista notó el tamaño de mis ojos ante la sorpresa y me dijo- “No tenga miedo Mi’jo, es Lupita La novia de Culiacán.

Mucho tiempo resonó en mis oídos: “Lupita la novia de Culia­cán” Guadalupe Leyva Flores caminaba a diario por las calles del centro en el viejo Culiacán, portando su hermoso traje de novia. La encontrabas en La Casa Grande, en Almacenes García, en la  calle Hidalgo, en la Ángel Flores y en el pórtico de Catedral.

No pocas veces la escuché gri­tar con voz en cuello solicitando una entrevista con el señor obispo, para que sirviera de intermediaria entre ella y el Papa con el objeto de revelarle el encargo que recibió de la virgen de Guadalupe para recu­perar el tesoro de la Divina Provi­dencia. Lo pedía con una voz aguda, chillante que taladraban mis oídos. La más de las veces emitía sonidos guturales ininteligibles y después se sumia en silencios prolongados.

Cuando pasaba por la calle Hidalgo frente a la Preparatoria donde cursaba mi bachillerato la tomaba del brazo y caminaba desde la Andrade hasta la Paliza, ahí lograba soltarse. La invitaba a que fuéramos a casarnos. Después avanzaba hacia catedral. A esas horas se notaba fresca ya que sólo llevaba caminada dos cuadras des­de el Hospital del Carmen donde residía.

La gente murmuraba que se había vuelto loca ya que le ma­taron al novio a la entrada de catedral. Contaban que fue un tal Ernesto quien era su enamorado desde adolescentes y nunca se lo dijo, pero el día en que le pidió matrimonio su amado Jesús fue a comunicarle la buena nueva al amigo. Este no pudo ocultar su desasosiego por tan infausta noticia y enseguida se atrevió a decirle los sentimientos que guardaba para ella. Lupita le contes­tó que el amor que sentía por él era el mismo que se siente por un hermano. Y que ya se había dado su palabra y lo invitaba de padrino de bodas, cosa que el joven aceptó de mala gana.

Pronto llegó la fecha de la boda. En la puerta de la Catedral la esperaban Ernesto y Jesús y muchos invitados, instantes después llegó Lupita acompañada de amigos y familiares. Venía vestida de novia y se miraba hermosa.

Al ver a Jesús esperándola en el quicio del Portón de Catedral se abalanzó hacia él y se fundió en un abrazo que selló con un beso apasionado en la boca. Los ojos de Ernesto despedían fuego; los celos y la rabia lo cegaron y de entre sus ropas sacó un revolver y sin más se lo vació en el cuerpo de su amigo. Jesús cayó al suelo y al poco tiempo murió en brazos de su amada. Ernesto viendo esta escena de terror no aguantó e inmediatamente se pegó un balazo en la cabeza muriendo al lado de sus amigos. Lupita perdió el jui­cio y así a partir de ese trágico momento soportó vestida de novia durante más de treinta años el calor sofocante de los veranos en Sinaloa. Lo hizo hasta su muerte el 12 de Mayo de 1982.

Ahora, parece que aún camina por las calles del centro de Culiacán, que platica con su amado en prolongados soliloquios y que ora por el tesoro de la Divina Providencia en el pórtico de catedral de Culiacán.

*Facultad de Medicina UAS.

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