Editorial

Editorial: N° 9

Por domingo 25 de julio de 2010 Sin Comentarios

Por Redacción

La conmemoración de los festejos del Bicentenario de la Independencia de México y el Centenario de la Revolución por parte de las instancias gubernamentales nos ha quedado a deber a los mexicanos. Iniciamos el segundo semestre del año y nos acercamos a las fechas cumbres de las celebraciones y se nos extingue la oportunidad de revisar nuestros 200 años de vida bajo una perspectiva histórica, reflexionando sobre quiénes fuimos, quiénes somos y quiénes debemos ser.

Estamos a tiempo de organizar foros en todos los estados de la República, en donde participen no sólo las comisiones oficiales, sino los miembros de los tres poderes de la unión y de los estados, también las instituciones educativas, políticas y de la sociedad civil, en donde a través de razonamientos y discusiones atiendan los grandes problemas nacionales que nos permitan vislumbrar un futuro con mayor certeza para todos.

Es necesario hacer esta autocrítica y exigir a las élites políticas, económicas, intelectuales y representantes de las organizaciones no gubernamentales, para que entre todos nos dispongamos a diseñar el país que millones de mexicanos nos exigen para el siglo que apenas empieza.

El año 2000 significó para muchos mexicanos una oportunidad inmejorable para iniciar con el nuevo milenio y con la transición presidencial un nuevo proyecto, sin embargo, las recientes elecciones nos sigue mostrando el desencuentro y la polarización entre quienes pretenden conducir el proceso democrático en nuestro país.

A más de 200 años no hay evidencias del proyecto requerido para lograr los objetivos básicos nacionales del estado mexicano, mientras, la inseguridad, la pobreza, la corrupción y otros tantos males apocalípticos siguen recorriendo las rutas del bicentenario y del centenario en México.

No es sólo con espectáculos de luces y sonidos como debemos conmemorar las gestas que han forjado el país que tenemos, sino con una profunda reflexión y sobre todo con acuerdos que permitan darle cauce tan siquiera, a aquel postulado expresado en los Sentimientos de la Nación, de moderar la opulencia y la indigencia.

Todavía estamos a tiempo, hagamos que los festejos valgan la pena.

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