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Orozco II: Revolución en México Orozco II: Revolución en México

Por domingo 11 de julio de 2010 Sin Comentarios

Por Arturo Camacho*

Un año antes del asesinato de Álvaro Obregón en 1928, el gobierno mexicano había cancelado los encargos de arte público, por lo que algunos artis­tas radicados en la ciudad México o Guadalajara se queda­ron con las clases de pintura como única fuente de ingresos, en esta circunstancia el profesor José Clemente Orozco de­cidió ir tras su confirmación como artista a la nueva urbe de hierro, la cartago industrial de norteamérica. Habitan­do modestos estudios y paleando nieve para salir de ellos, sus primeros meses en Nueva York significaron sacrificios, como puede leerse en sus cartas, cito: “Aquí en Nueva sólo hay egoismo y falsedad y mala fe. Estoy completamente atenido a mis propias fuerzas, que felizmente son muchas todavía. En el extranjero es donde se conoce mejor a la gente. Aquí los amigos me han recibido con humillaciones y desprecios”. Abandonado por el círculo mexicano radica­do en Nueva York, la periodista Alma Reed acude a su res­cate y lo introduce en los círculos culturales de la ciudad, más concretamente en el círculo délfico, movimiento que integraba a intelectuales y artistas de diferentes partes del mundo para impulsar un renacimiento de la antigua Grecia en la moderna; Orozco se mostró extrañado de que lo in­vitaran a integrarse aquel grupo de genios y con humor le comentaba a su esposa en una carta, a propósito de que en la recepción al grupo lo habían bautizado en griego con una corona de laurel: “aquí te guardo la corona de laurel quizá sirva para una ensalada. Así es que ya ves que el mitote no puede estar más divertido”.

En la exposición “Pintura y Verdad”, que se presenta actualmente en el Instituto Cultural Cabañas, tenemos la oportunidad de ver los cuadros que Orozco hizo durante su primera estancia neoyorkina para insertarse o capturar la “modernidad americana”. Los últimos días de septiem­bre de 1928 en el círculo délfico, Emyly Hamblen dictó la conferencia “La eficacia social del Arte” y Orozco expuso junto con su serie “México en Revolución”, ocho cuadros producto de su aguda observación de la urbe, sus calles, gentes y edificios, en donde manifiesta su preocupación por la forma y la estructura y hace un análisis de la edad de la máquina y sus consecuencias . Pinturas como Eight avenue, Queensbouroug Bridge, El subway o Los desem­pleados, las compone a partir de las estructuras metáli­cas que sostienen la prosperidad y las atmósferas grises de la ciudad industrial. Hay que observar en Fourteenth Street La expresión en los rostros sobre un gris lumino­so que aflora en el rojo metálico de los edificios, la gente deambulando libre y cercada por el metal, se presenta como una denuncia de la opresión de las máquinas. En Queensbouroug Bridge, hay una combinación de masas estructurales en las que sobresale la estructura metálica como sostén del puente, este es el eje guía de su paleta cromática que van del blanco luminoso al negro óxido, color inventado para este cuadro por el pintor, a un lado una chimenea como señal fábril. El uso de la chimenea y estructuras metálicas en el lugar central de la composi­ción no era novedad en la pintura norteamericana, desde el siglo XIX, los pintores encontraron en la máquina y la planta de producción masiva temas pictóricos fascinan­tes, lo interesante es ver como Orozco lo convierte en un problema de experimentación del lenguaje plástico, luchando seriamente con la experiencia del momento ac­tual, y la suma de su experiencia. Esta decena de pinturas alusivas a la ciudad, muestran la relevancia que tuvo para el proceso biográfico de Orozco entrar en contacto con la sociedad industrial más avanzada de su tiempo, en ellas se condensa un ciclo formativo profesional y humano en la búsqueda de su lugar en el Arte Contemporáneo. Oroz­co en Nueva York se complementan con otros cuadros que produjo en su segunda y última visita a la urbe de hie­rro ocurrida entre septiembre de 1945 y marzo de 1946, el artista se enfocará en Broadway y Harlem, para presen­tarnos escenas fragmentadas a un paso de la abstracción con un depurado estilo que cierran este ciclo.

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