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Hidalgo, el educador, la otra faz del prócer

Por domingo 4 de julio de 2010 Sin Comentarios

Por Adrián García Cortés*

Todavía vigente la Santa Inquisición en la Nueva Espa­ña, y 15 años después de la expulsión de los jesuitas, el Cabildo Eclesiástico de 1784, convocó en Valladolid (Morelia) a un concurso sobre el mejor método para la ense­ñanza de la teología escolástica.

Cabe decir que así como las reformas borbónicas se em­peñaron en cambiar la administración pública y social de los austrias, cuya aplicación destaparon las inconveniencias del viejo sistema sin darle cauce a la seguridad de las nuevas propuestas, así los colegios y universidades pasaban por una crisis en la enseñanza de las humanidades, sobre todo la re­lación del hombre con Dios y la necesidad de que mucho del desarrollo humano se hiciera depender de los métodos que la ciencia y la nueva investigación imponían.

EL CONFLICTO DE LA TEOLOGÍA ESCOLÁSTICA

Ello daba por resultado que los conflictos en la enseñanza de la teología escolástica fueran creciendo, al grado de que la vi­gilancia inquisitorial hacía prohibitiva hasta la lectura que ha­blaran sobre temas distintos o “contrarios” a la fe. El conflicto mayor se daba en que teología y escolástica se impartieran como una sola ciencia, siendo la primera radicada en la fe, la verdad revelada en los textos sagrados y en la enseñanza de los padres que ejercían la exégesis de tales fuentes; en tanto que la escolástica, aunque orientada a respaldar las verdades de la fe, como era el caso de la Resurrección, se vinculaba más a la filosofía no cristiana o eclesiástica a partir de Aristóteles y sus seguidores.

En ese marco, el cabildo buscaba nuevas fórmulas para la enseñanza de la teología eclesiástica porque ésta, como mu­chas de las instituciones forjadas en el Medievo, ya se mos­traban obsoletas.

A ese concurso asistió el joven bachiller de 31 años, Miguel Hidalgo y Costilla, y para su fortuna ganó el premio de su tesis Disertación sobre el verdadero método de estudiar teología escolástica. Hidalgo era ya catedrático de Latinidad y Artes, y además de Prima de Sagrada Teología en el Real Colegio de San Nicolás en Valladolid. La intención del concurso era mo­dernizar la enseñanza en el Colegio, y renovar esta “ciencia”; desprendida de “sutilezas escolásticas” que sólo servían para “pervertir el buen gusto y perder el tiempo”.

LUZ NUEVA SOBRE HIDALGO EDUCADOR

Y bien, en una promoción propicia al Bicentenario de la Inde­pendencia y la Revolución Mexicana, acertadamente condu­cida en Sinaloa por el licenciado José Ángel Pescador Osuna, el Director del Archivo General e Histórico del Estado, maes­tro en ciencias Gilberto López Alanís, acaba de publicar en un atractivo folleto, precisamente, la Disertación de Hidalgo. En ese mismo folleto Alanís nos dice:

–”Es este Hidalgo que no conocemos, el hombre de cien­cia, el reformador, el que quiso que las nuevas generaciones tuvieran bases científicas de enseñanza; es el Hidalgo revolu­cionario que se nos ha escamoteado en la enseñanza cívica”.

Y explica: “¿En qué consistió la propuesta de Hidalgo? Nada más y nada menos de convertir a la teología escolásti­ca, el arma de interpretación usada por la Iglesia Católica con la cual se comprendía la vida social, en un método de investi­gación, con el carácter de positivo. La teología positiva”.

TEOLOGÍA POR LA FE; Y NO POR LA RAZÓN

“La teología positiva”, afirmada por Gilberto. ¿Una teología que tiene su sustento en la fe? ¿Fe positiva? Pudiera ser, cuando la Fe se acredita en la esperanza, en la vida ultraterrenal, que no tiene ninguna dificultad en apoyarse en los dogmas enseñados de generación en generación. ¿Pero positiva para insertarle la investigación, la experimentación y la comprobación científi­ca? Allí como que se nos cruzan los cables del entendimiento.

La escolática, ciencia de la razón que fue, hoy ya no se en­seña, sino como parte de la historia de la filosofía; como tam­poco se enseña teología en las escuelas pública u oficiales. En los tiempos de Hidalgo esto simplemente no era posible.

El positivismo en la enseñanza se fortaleció y consolidó con la República Restaurada, es decir, en la segunda mitad del Siglo 19, y fue tesis y bandera para las primeras reformas educativas del Liberalismo en México. En este sentido, Hidal­go viene a ser el precursor del positivismo, mismo que lo llevó hasta la rebelión que nos dio patria.

PERVERSA OBSTINACIÓN DE COMER BELLOTAS

Pero ¿qué nos dice Hidalgo en su tesis? De entrada, lo siguien­te:

–”Es una perversa obstinación, decía Tulio (¿Cicerón?), mantenerse con bellotas después de descubiertas las frutas. ¿Y qué otra cosa es, añade el doctísimo Gaverson (Historia Eclesiástica), estarse los teólogos entretenidos en la discu­sión de unas cuestiones secas, inútiles y que jamás pueden saciar el entendimiento, sino comer bellotas, después de descubiertas unas frutas tan deliciosas como las que nos han franqueado del siglo pasado en esta parte?

Hidalgo en su tesis no pretendía alterar el orden religioso ni la enseñanza de la teología, sino de clarificarla y ponerla al mejor entendimiento, como tampoco nunca pensó en una república o régimen democrática que le pareciera, sino en un saneamiento de la corrupción en que había incurrido el imperio español, por lo que la única solución que veía era un país independiente, pero con régimen monárquico. Por eso afirma: “la teología, que estaba enteramente obscurecida y reducida a una dialéctica contenciosa”.

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