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Empresas Culturales

Por domingo 4 de julio de 2010 Sin Comentarios

Por Javier Avilés*

Partiendo de la reflexión de que los recursos culturales de un país son su mayor riqueza, ya que respaldan y acre­cientan la identidad nacional, se encuentra que la diver­sidad cultural y el patrimonio material e inmaterial son parte esencial de las raíces de México. Debido a su importancia, el Programa Nacional de Cultura 2007-2012, considera que es ne­cesario contar con un sistema que articule los tres órdenes de gobierno en materia de protección, promoción y difusión de tal riqueza cultural, para comprometer activamente a la sociedad civil y la ciudadanía en general en la vida cultural del país. Por ello, algunos estudios sobre la cultura en México han estable­cido que el vasto y diverso patrimonio cultural mexicano debe traducirse en riqueza, en fortalecer el tejido y el desarrollo so­cial, la identidad nacional, rebasando las políticas culturales limitadas a resguardarlo y exhibirlo. También debe avanzarse en su gestión, en procurar el acceso para todos y el ejercicio de los derechos culturales, considerando la participación de la sociedad civil y de las colectividades culturales en las políticas en materia de cultura, en la creación cultural que comprende el derecho a la educación e información y en la transmisión cultu­ral, es decir, el derecho de legar, publicar y expresar en libertad las opiniones, las ideas y el pensamiento.

De esta manera, en el artículo 4º.de la Constitución de los Estados Unidos Mexicanos, se define que toda persona tiene derecho al acceso a la cultura y al disfru­te de los bienes y servicios que presta el Estado en la materia, así como el ejercicio de sus derechos culturales. “El Estado promoverá los medios para la difusión y desarrollo de la cultura, atendiendo a la diversi­dad cultural en todas sus manifestacio­nes y expresiones con pleno respeto a la libertad creativa. La ley establecerá los mecanismos para el acceso y participa­ción a cualquier manifestación cultural”, señala dicho precepto constitucional.

Existen diversas definiciones de industrias culturales. En sentido amplio, podemos carac­terizarlas como el conjunto de actividades de producción, comercialización y comunicación en gran escala de mensajes y bienes culturales que favorecen la difusión masiva, nacional e internacional, de la información y el entretenimiento, y el acceso creciente de las mayorías. En los últimos años, el én­fasis en una u otra de estas actividades y funciones ha llevado a nombrarlas como “industrias comunicacionales”, “industrias creativas” (creative industries) o “industrias del contenido” (content industries), con lo cual se alude a que son medios por­tadores de significados que dan sentido a las conductas, cohe­sionan o dividen a las sociedades. Se puede considerar que las industrias culturales son el sector más dinámico del desarrollo social y económico de la cultura en un país. Es el que atrae más inversiones, genera mayor número de empleos e influye a au­diencias más amplias en todos los países. Considerando que se podría hablar de una incipiente industrialización de la cultura desde la invención de la imprenta, pero fue necesario que se sumaran otros avances tecnológicos y se expandiera la educa­ción en los siglos XIX y XX para que se configurara una indus­tria editorial, y luego las industrias audiovisuales (radio, cine, televisión, video, fonográfica). En la última etapa, el desarrollo electrónico y satelital, que generó nuevos modos de comunica­ción – por ejemplo, Internet – permite articular lo que antes se producía en forma separada en cada rama y en distintas nacio­nes, consideran algunos estudiosos del desarrollo de la cultura, desde Horkheimer, Abendroth, Adorno y García Canclini.

De acuerdo con la UNESCO, las industrias culturales son aquellas que combinan la creación, producción y comercializa­ción de contenidos culturales e intangibles por naturaleza, pro­tegidos por los derechos de autor y que pueden tomar la forma de bienes y servicios. Este tipo de industrias o empresas son un sector emergente e indispensable dentro de las economías a nivel mundial. La cultura y la información tienen una gran ca­pacidad transformadora a nivel social; también posibilitan que el Estado genere formas creativas de gobierno que darán una mayor articulación de las políticas públicas en materia de cul­tura. De ahí que se puede denominar empresas culturales a las organizaciones que se ocupan de la producción, distribución, comercialización y oferta de bienes y servicios de las diversas manifestaciones y propuestas culturales, con objetivos lucra­tivos o de promoción y difusión, según sea el caso o la natura­leza de tales empresas, ya sean creadas y gestionadas por el gobierno o los particulares.

La tecnología permite que las industrias o empresas culturales sean más efectivas y puedan llegar a todas partes del mundo. Por esta razón, es de gran importancia que los gobiernos sean promotores y re­guladores de las mismas y así se logrará trabajar conjuntamente con ellas como instrumentos de difusión y promoción. Por esta razón, el Programa Nacional de Cultura menciona la necesidad de definir las políticas de estímulo y las regulaciones legales y económicas del sector. Esto según un modelo de políticas públicas que identi­fique los sectores vulnerables y oriente la producción, distribu­ción y consumo de todo tipo de bienes y servicios culturales. Esto es, desde las expresiones del arte po­pular tradicional, contemporáneo y la edición y venta de libros hasta los productos cinematográficos, televisivos, sonoros y turísticos.

Sin duda, resulta un desafío tratar de explicar la ausencia de interés de la población en general en algunas ofertas cul­turales, a pesar de haberse incrementado la oferta de bienes y servicios culturales, tanto de instituciones del Estado como de las empresas culturales del sector privado. Por ello se han realizado diversas investigaciones. Una de ellas, la Encuesta Nacional de Prácticas y Consumo Culturales, proporciona da­tos interesantes que permiten destacar que el mayor índice de consumo cultural se da en las nuevas generaciones menores de 30 años. Dicha prospectiva permite vislumbrar que ciertos hábitos, como la lectura o la asistencia a teatros, se desarro­llan en las edades más tempranas; la encuesta se orienta a dirigir un esfuerzo en la educación básica y secundaria ya que demuestra un fuerte vínculo entre educación y consumo cul­tural. La asistencia a recintos culturales varía según el tipo de recinto, el nivel de ingresos y la escolaridad. De esta forma, la asistencia a auditorios y salas de concierto se incrementa en la medida en que se elevan los ingresos familiares, mientras que la asistencia a plazas públicas y ferias así como a fiestas comunitarias muestra un patrón inverso.

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