Estatal

¡Apenas que seas Castro!

Por domingo 4 de julio de 2010 Sin Comentarios

Segunda y última parte.

Por Eligio López Portillo*

Salomé resultó ser adivino, a demás de timador, don Juan Payán, a los dos días que éste no se presentó a trabajar, pensó de inmediato que había caído ingenuamente en la trampa de su trabajador. Pronto acudió a la casa del Juez para interponer una demanda en contra de dicho sujeto. Cuando el juez escuchó al demandante, le prometió detener al sinvergüenza en menos de cinco días. Será castigado, de eso no le quede la menor duda, le comentó.

En El Playón, raramente ocurrían casos como este, por eso don Emeterio no iba a permitir que sujetos así, pusieran en tela de duda su papel como autoridad. Mucho menos dejar que personas como él, acabaran con la tranquilidad de los moradores, o que quedara como un mal ejemplo esa acción y después alguien imitara a Salomé, pensando que no pasaba nada.

Al quinto día de su estancia en la hacienda, esa madrugada, Salomé escuchó desde arriba del techo, una tropelada de Caballos, por lo desolado del lugar y por la hora que era (cuatro de la mañana) se oían como si fuera todo un ejercito de caballería. Salomé estaba bien despierto, presentía que iba a ocurrir algo muy espantoso, sintió que el corazón se le detenía un instante al tiempo que la sangre de todo el cuerpo se le agolpaba en la cabeza, después conforme se acercaban los jinetes a la hacienda, volvió a sentir las palpitaciones del corazón pero en esta ocasión, le repiqueteaban en los oídos, al parecer el corazón se le quería salir por ahí. Sudaba fríamente de los pies a la cabeza. Escuchó cuando los perros salieron en estampida ladrando fuertemente para evitar que los extraños visitantes se acercaran a la casa de sus amos.

Las mordidas que los perros daban en las patas a los caballos no fueron suficientes para detenerlos, ya que los hombres armados de don Emeterio habían recibido una orden y la tenían que cumplir, detener a como diera lugar a Salomé Castro. Cuando los jinetes llegaron a la hacienda, se hicieron junto a la gran barda de palos de brasil que resguardaba a la bonita casona principal. Los encargados de la hacienda salieron a recibirlos, al darles los buenos días a todos, se dio cuenta que eran los hombres de don Emeterio, los invitaron a pasar a la casa, pero éstos sin bajarse de sus caballos, se dirigieron al hacendado; disculpe usted las molestias, pues no son horas de llegar a una casa, pero es que andamos buscando a Salomé del Playón, se ha metido en un gran lío. El juez nos ha mandado a buscarlo, pidiéndonos que no regresemos hasta que lo llevemos preso. Fraudeó a don Juan Payán con un dinero que le pidió para comprar una cobija, y que a cambio de ello, le pagaría con trabajo, pero este bribón no cumplió, y del pueblo se fugó.

El hombre de la hacienda, conociendo la magnitud del caso, de inmediato les apuntó para arriba de la casa, señalándoles que ahí se encontraba Salomé durmiendo. El culpable había escuchado todo, sabía que su detención era inevitable, antes que fueran por el, se bajó entregándose serenamente. El jefe del grupo tomándole las manos, se las sujetó con una reata, –es el mecate o cuerda que los vaqueros portan en la cabeza de la silla, para lazar cualquier animal–, para llevarlo jalando con un caballo. Llegaron al Playón un par de horas después, ya en la casa del juez, éste les ordenó lo amarraran de un horcón que sostenía el techo del porche. Ahí lo dejaron por el resto del día, para que fuera visto por toda la gente que pasaba por a casa del juez.

Como una muestra de lo que pasaría con cualquiera que cometiera un delito. Al amanecer del siguiente día, el pobre sujeto estaba todo orinado, no le habían permitido hacer sus necesidades fisiológicas, sólo le habrán dado un poco de agua. El juez se preparaba esa mañana, para enviar al detenido hasta Mocorito, lo llevarían de la misma forma como lo había traído de la hacienda, jalado por un caballo, con la diferencia que en vez de un par de horas de camino, harían todo el día.

El prefecto de Mocorito sería el encargado de aplicarle el castigo, tal vez iría a la horca. Cuando el juez le pidió a su hija Lupita, le redactara el oficio de envío del detenido, antes de empezar con el dictado, le preguntó a Salomé, haber dime cómo te llamas, tu nombre completo, el asustado sujeto con voz temblorosa le contestó, Salomé Castro, señor. Emeterio pensó que no había escuchado bien y volvió a preguntarle, ¿Cómo dices que te llamas? Salomé Castro volvió a contestar el detenido. ¡No seas igualado!, ¡que Castro ni que nada! ¿Cómo vas a ser Castro como yo, si en mi familia jamás ha existido un ladrón? De pronto el juez en vez de dictar el escrito a la guapa de su hija, que ya tenía rato esperándolo, sacudió la cabeza repetidas veces como no queriendo pensar lo que a su cabeza había llegado, pues se acordó que el prefecto de Mocorito también su apellido era Castro.

Haber Lupita, le dijo a su hija, por favor no escribas nada, ustedes les dijo dirigiendo su mirada a sus gendarmes, quienes estaban siendo mudos testigos de lo que estaba ocurriendo, entre el juez y el detenido. Suelten a este pícaro ¿cómo lo vamos a enviar a Mocorito, para que después ande diciendo a toda la gente de la región, que a un Castro lo han detenido por ladrón? Así le pidió a Salomé, se fuera lo más pronto posible lejos del pueblo, que no lo quería volver a ver nunca.

Por eso durante muchos años, en la región quedó el dicho. “A penas que seas Castro” cuando a alguien le ocurría algo complicado o se metía en un problema, la gente pronto le decía, de esta solo te salvas: “a penas que seas Castro”.

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