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¡Apenas que seas Castro!

Por domingo 27 de junio de 2010 Sin Comentarios

Primera de dos partes.

Por Eligio López Portillo*

El Playón Angostura, a mediados del siglo XIX fue una de las rancherías mas prósperas de la región del Evo­ra, durante el porfiriato. Territorialmente pertenecía al distrito de Mocorito. El prefecto de Mocorito como máxima autoridad del distrito, era quien nombraba a una persona de la misma ranchería para que lo representara como parte de su es­tructura de gobierno, La decisión para dar dicho nombramien­to, la tomaba el prefecto una vez que hacía una consulta entre los habitantes del lugar quienes de alguna manera avalaban el comportamiento de la persona que los podía representar. La persona en quien cayó por muchos años esa responsabilidad, fue el señor Emeterio Castro. Hombre acaudalado que había juntado una considerado fortuna gracias a la actividad comer­cial (tenia una vinata, casa de huéspedes y compra-venta de granos), dichas ocupaciones siguió atendiéndolas, alternándo­las con la responsabilidad encomendada desde Mocorito.

El Playón era muy visitado por arrieros, vendedores am­bulantes, músicos, jugadores y compradores de sal, don Emeterio había construido su casa de huéspedes, junto a la “casa de juegos” del Sr. Basilio Montoya. Ahí se jugaba prin­cipalmente a la ruleta, pero había otros como el billar, juego de cartas y el hueso o cubilete.

En tiempo de lluvias, los forasteros tenían que pernoctar por varios días, pues los caminos de herradura y brechas que comunicaban al Playón con otras comunidades quedaban se­veramente dañados a tal grado de quedarse incomunicados. Cuando los arroyos bajaban sus niveles de agua se podía re­novar la comunicación. Mientras tanto arrieros y visitantes se hospedaban en las cuarterias de la casa de Emeterio, pero se divertían en la casa de juegos de Basilio Montoya.

La gente del Playón conocedora del comportamiento de la naturaleza en esas épocas, se prevenían acondicionando en algún lugar de su casa un espacio para guardar productos ali­menticios poco perecederos que les garantizase tener comida por varios días. A ese lugar le llamaban “la despensa”.

La casona de don Emetério tenía la despensa más grande, podía ofrecer comida hasta por 15 días a más de 20 hombres.

Don Emeterio como juez para poder desempeñar su res­ponsabilidad, se hacía acompañar de un reducido grupo de 5 hombres, que a falta de un salario solo recibían el permiso de portar arma, expedido por el prefecto de Mocorito, aunque la costumbre en esa época era que la gente del campo portara arma, tener permiso para ello difícilmente alguien lo lograba. Como secretaria o escribana tenía a su hija Lupita, una guapa jovencita que el padre cuidaba con celos desmedidos. El juez para emular las actividades que el prefecto de Mocorito reali­zaba en la Villa, el también hacía un evento de la conmemo­ración del grito de la independencia en el Playón. Lo hacía a las afueras de su casa, ya que en ella tenía sus oficinas.

Para el acto, invitaba a los habitantes de aquel pueblo, casa por casa un día antes del evento, la gente acudía única­mente por respeto a su investidura, sus muestras de aburri­miento eran muy claras, no se les veía la alegría reflejada en sus rostros, lejos de sentirse motivados por la celebración de dicho acto, parecían asistentes a un velorio.

Don Emeterio con la gente reunida en la calle, sacaba de su casa, una vieja bandera que guardaba en una vitrina, po­niéndose en posición de firmes, empezaba a hondearla como si estuviera sacudiéndola, afinaba bien la garganta, un par de veces, para iniciar con el ritual del grito, con las siguien­tes frases:

¡Viva Dios en las alturas!
¡Viva don Porfirio Díaz!
¡Viva el Gobernador!
¡Viva el juez Emeterio Castro!

Existen líneas de investigación, que opinan, que esa forma de dar “El grito de la Independencia”, en la época porfirista, que incluía el ¡Viva Porfirio Díaz!, no se debía ha que el Ge­neral estaba en el poder, sino como una forma de desearle mucha vida, pues el día que se daba el grito, era precisamente el día que había nacido el dictador.

Porfirio Díaz había decretado conmemorar el aniversario de esa gesta heroica el día 15 de septiembre y no el día 16 de ese mes, cuando el cura Miguel Hidalgo el año 1810 diera el grito de iniciación revolucionaria, por la Independencia de México. Convirtiendo el día de su cumpleaños en una fecha histórica de carácter nacional.

Durante el mandato de Emeterio como Juez, en el pue­blo ocurrió un acto muy bochornoso, cuyo protagonista fue un individuo llamado Salomé, quien había fraudeado a don Juan Payán, su patrón, con 20 reales, que le había solicitado en calidad de préstamo, para comprar una cobija colorada, que mucho le había gustado en la tienda de Cristóbal Castro; el compromiso de Salomé consistía en cubrir el adeudo con trabajos a don Juan Payán.

Cuando el cínico de Salomé, tuvo entre sus manos la tan anhelada cobija, se fugó para la hacienda de la providencia, ahí se contrató como vaquero, pidió a su nuevo patrón, le de­jara dormir arriba del techo de la casa, al cabos que tenía muy buena cobija, le dijo; al señor le pareció muy extraña esa solici­tud, pues en esas épocas cualquier persona que llegara como ajeno a la casa, era recibido con muchas atenciones, brindán­dole lo mejor que se tenía en esa familia, como muestra al visitante que era muy bien recibido. Sin embargo el dueño de la casa dejó a este durmiera donde a el le parecía mejor.

Las intenciones de Salomé eran muy claras, quería escon­derse, por si llegaban buscándolo.Conociendo a don Emeterio, sabía que tarde o temprano se iba ordenar su detención, man­daría a sus hombres armados rancho por rancho, hasta dar con su paradero, lo detendrían, para enviarlo a Mocorito, para que el prefecto de aquel lugar, le aplicara todo el rigor de la Ley

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